Hace siglos que reservamos una palabra, sabiduría, para aquello que ni el conocimiento ni la potencia de cálculo aseguran por sí solos, la capacidad de hacer un buen uso de lo que sabemos. Sabiduría artificial, el libro que Juan María Nin, María José Sánchez Yago y José Luis Vázquez han publicado en Deusto este 2026, se atreve a prestar esa palabra a las máquinas. El subtítulo ya anuncia la intención, una IA humanista, y la pregunta que abre es exactamente la que me interesa desde aquí, ¿se puede programar la sabiduría, o la sabiduría es precisamente aquello que no se deja programar?
Vale la pena saber quién lo firma, porque el libro es hijo de su composición. Nin viene de la alta dirección financiera, ha ocupado despachos donde se toman decisiones que afectan a millones de personas. Sánchez Yago es ingeniera de telecomunicaciones con formación en filosofía, humanidades y neuropsicología. Vázquez, también ingeniero, ha dirigido empresas tecnológicas durante más de dos décadas. La mezcla no es anecdótica, es la puesta en práctica de una convicción que aquí, en Sapere Aude, defiendo una y otra vez, que separar la cultura técnica de la humanística nos empobrece, y que los problemas que de verdad importan solo se entienden cuando las dos miradas trabajan juntas. Un banquero, una ingeniera lectora de filosofía y un directivo de tecnología escribiendo juntos sobre la inteligencia artificial son ya, ellos mismos, una pequeña demostración de la tesis.
El libro se organiza en tres movimientos. Primero, un «Entendimiento IA» que explica sin jerga cómo funcionan estos sistemas y qué hacen realmente, porque no se puede discutir con seriedad aquello que no se entiende. Después viene el corazón del ensayo, «Una IA humanista», donde los autores sostienen que una inteligencia que solo sea eficiente todavía no es inteligente del todo, y que una IA verdaderamente avanzada acabaría incorporando ciertos valores universales, la verdad, la justicia, la libertad, el cuidado de la vida. Finalmente, «IA, economía y empresa», el terreno donde todo esto aterriza, con la idea inquietante de la «empresa poshumana» como horizonte hacia el que ya nos movemos sin habernos detenido demasiado a pensarlo.
La idea que más me ha hecho pensar es también la más discutible, y las dos cosas suelen ir juntas. Los autores parten de una distinción que comparto del todo, la que separa ser eficiente de ser inteligente. Una máquina que optimiza una métrica sin preguntarse si la métrica vale la pena es poderosa y ciega a la vez, como lo era aquella razón instrumental de la que hablaba al comentar «Un verdor terrible». Hasta aquí, de acuerdo. Donde el libro da un salto que cuesta seguir es cuando sugiere que una IA lo bastante avanzada abrazaría esos valores casi por su propio peso, como si la sabiduría fuera el destino natural de la inteligencia llevada al límite. Aquí es donde el humanista que hay en mí frena. La historia que contaba Labatut apunta justo a lo contrario, que se puede dominar sin comprender, que la brillantez técnica y el desastre moral pueden convivir sin contradecirse en una misma mente. La inteligencia no conduce sola hacia la virtud. Si lo hiciera, no haría falta educar a nadie.
Aquí está, me parece, la tensión que atraviesa todo el libro. Sabiduría artificial aspira a una máquina que decida bien por nosotros. El proyecto que defiendo desde aquí aspira a exactamente lo contrario, personas que no dejen de decidir. El «sapere aude» de Kant, atrévete a pensar por ti mismo, era una llamada a no ceder a otro el trabajo de juzgar, y da igual si ese otro es una autoridad, un dogma o un modelo de lenguaje. Sobre ese riesgo de delegar el pensamiento escribí en «El coraje de pensar». Delegar el cálculo es sensato y liberador. Delegar el criterio es otra cosa. El mérito de los autores es que son conscientes de ello, y por eso insisten en que la sabiduría artificial no debería ser un sustituto de la humana sino, en el mejor de los casos, un espejo que nos obliga a formular qué valores queremos que el sistema refleje. Cada modelo que lanzamos al mundo, escriben, lleva de algún modo nuestro legado.
Para quien dirige una organización, la parte más útil es la tercera, y no por sus pronósticos sobre la empresa poshumana, siempre arriesgados, sino por la pregunta que late en ella. Cuando una herramienta te da una respuesta antes de que hayas terminado de formular la pregunta, la tentación de ahorrarte el pensamiento es enorme. La diferencia entre el directivo que usa la IA para pensar mejor y el que la usa para no tener que pensar es la misma que, al comentar «Total Competition», separaba al estratega del que solo ejecuta. Ningún cuadro de mando, ningún modelo, nos ahorra la responsabilidad de decidir a qué problemas vale la pena dedicarse. La sabiduría, si la palabra todavía quiere decir algo, empieza justamente aquí, en la pregunta previa que ninguna máquina nos formulará si no se la enseñamos nosotros.
No todo me convence. El tono es decididamente optimista, y los autores se inclinan más por orientar la tecnología que por ponerle límites, una apuesta legítima pero que deja en segundo plano los casos en que lo que hace falta no es una IA más sabia sino, sencillamente, no usar ninguna IA. La convivencia de tres voces tan distintas da riqueza y a la vez algún desnivel, y el lector nota cuándo escribe el ingeniero y cuándo escribe quien viene de las humanidades. La propia metáfora del título, tan sugerente, arrastra una ambigüedad que el libro no acaba de resolver, si «sabiduría artificial» quiere decir una máquina sabia o, más modestamente, una manera más sabia de usar las máquinas. Sospecho que el segundo sentido es el bueno, y es el que hace que el libro valga la pena.
Porque al final Sabiduría artificial acaba siendo, quizá sin proponérselo del todo, un libro sobre nosotros más que sobre las máquinas. Los valores que le pedimos a la IA, la verdad, la justicia, el cuidado, son los mismos que hace siglos nos cuesta encarnar. Querer programarlos en un sistema nos obliga al trabajo incómodo de explicitarlos, de decir en voz alta qué consideramos justo, qué es cuidar, qué verdad queremos. Quizá ese sea el regalo inesperado de esta tecnología, que para enseñar sabiduría a una máquina tendremos que recordar, primero, en qué consistía la nuestra.
Esta es la clase de lectura que comparto aquí, en «Lecturas», libros que ayudan a pensar y a decidir mejor. Si quieres llevar esta mirada a tu trabajo o a tu organización, puedo ayudarte a implementarlo con charlas, formaciones y talleres.