Fritz Haber aprendió a extraer el nitrógeno del aire y, con ese gesto, dio de comer a medio planeta. El mismo hombre dirigió en persona los ataques con cloro en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y de su línea de investigación saldría, años después, el compuesto que los nazis usarían en las cámaras de gas, donde murió parte de su propia familia. Con esta figura a la vez salvadora y monstruosa abre Benjamín Labatut Un verdor terrible, y cuesta mucho volver a dejar el libro en la mesita.
Labatut, chileno nacido en Róterdam en 1980, publicó este libro en Anagrama en 2020. La traducción inglesa fue finalista del International Booker en 2021 y acabó en la lista de lecturas de verano de Barack Obama, lo que convirtió un objeto literario extraño en un fenómeno inesperado. La extrañeza viene del género. Son cinco piezas que recorren descubrimientos capitales de la ciencia del siglo XX y las mentes que los concibieron, pero no son ni divulgación ni biografía. Labatut parte de hechos reales y va añadiendo ficción en una dosis que crece a medida que avanzas, hasta el punto de que al final ya no sabes con certeza dónde acaba la historia y dónde empieza su imaginación. El primer capítulo es casi documental. El último es casi un sueño.
Por en medio pasan Karl Schwarzschild, que resolvió las ecuaciones de Einstein desde el frente ruso y adivinó la existencia de algo que lo aterró, una singularidad donde el espacio y el tiempo se rompían, lo que hoy llamamos agujero negro. Pasa Alexander Grothendieck, quizá el matemático más profundo del siglo, que un día dejó las matemáticas, se encerró en el silencio y acabó convencido de que había un mal en la raíz de la realidad. Y pasa, en el capítulo más largo, el nacimiento de la mecánica cuántica, con Werner Heisenberg febril en una isla del mar del Norte y Erwin Schrödinger encerrado en un sanatorio, ambos tanteando una física nueva que funcionaba a la perfección y que, al mismo tiempo, nadie conseguía entender del todo.
Aquí es donde el título del libro revela su ambición. Un verdor terrible no va, en el fondo, de ciencia. Va del momento en que el conocimiento humano llega tan lejos que deja de poder comprenderse. Podemos predecir el comportamiento de una partícula con una precisión absoluta y, a la vez, ser incapaces de decir qué es o dónde está mientras no la miramos. Dominamos sin entender. Esa es la idea que da nombre a la edición inglesa, When We Cease to Understand the World, y es mucho más que una curiosidad de físicos.
Porque esta experiencia, la de usar herramientas poderosísimas que no acabamos de entender, ha dejado de ser exclusiva de los laboratorios. Es exactamente nuestra relación cotidiana con los sistemas de inteligencia artificial que ya usamos para decidir, contratar, diagnosticar o redactar. Funcionan, a menudo mejor que nosotros en tareas concretas, y ni siquiera sus creadores saben explicar del todo por qué dan la respuesta que dan. Labatut no habla de IA, pero su libro es una de las mejores descripciones que conozco del vértigo que deberíamos sentir, y que a menudo no sentimos, cuando delegamos el criterio en una caja negra. Precisamente sobre ese riesgo de delegar el pensamiento escribí en «El coraje de pensar». El «sapere aude» de Kant, atrévete a saber, no era una invitación a acumular respuestas, sino a no ceder a otro el trabajo de pensar. Un verdor terrible muestra la cara que Kant no vio, qué pasa cuando ese atrevimiento nos lleva a un lugar donde ya no hay nada sólido debajo.
Hay una segunda lección, más dura, que interpela directamente a quien dirige personas o proyectos. La historia de Haber es la historia de la razón instrumental llevada a su extremo, una inteligencia brillante, eficaz, capaz de resolver cualquier problema técnico que le pongan delante, y completamente huérfana de juicio sobre a qué problemas vale la pena dedicarse. Haber es competentísimo y es un desastre moral, y las dos cosas no se contradicen, conviven en la misma persona. Cualquiera que haya gestionado un equipo reconocerá la tentación de confundir ambas cosas, de premiar la capacidad de ejecutar y olvidar la pregunta previa sobre qué se ejecuta y por qué. La brillantez técnica no es garantía de buen criterio. A veces es su coartada. El libro es, en este sentido, un antídoto contra la embriaguez de la competencia pura, la misma que hace que organizaciones enteras corran muy deprisa hacia lugares donde nadie se ha parado a preguntar si vale la pena llegar.
De ahí sale el tercer hilo, el de la desmesura. Los personajes de Labatut comparten una obsesión que los hace capaces de ver lo que nadie había visto y que, a la vez, los devora. Es el viejo tema de Ícaro, la caída que llega justo después del vuelo más alto. Schwarzschild adivina el agujero negro y muere pocos meses después. Grothendieck toca el fondo de la abstracción y se pierde en él. La lección no es que no haya que pensar a fondo, todo lo contrario. Es que el pensamiento a fondo exige una especie de higiene, un saber cuándo pararse y mirar atrás, que estos genios no tenían y que a nosotros, inmersos en culturas del rendimiento sin freno, tampoco nos sobra. Examinar antes de decidir no es lentitud, es la condición para no acabar siendo prisioneros de nuestra propia inteligencia.
Vale la pena detenerse también en cómo está escrito, porque hay una lección de método. Labatut es un humanista escribiendo sobre física y matemáticas, y el libro es una demostración práctica de que separar las dos culturas, la de letras y la de ciencias, es un empobrecimiento. Explica la mecánica cuántica mejor que muchos manuales no porque simplifique, sino porque la vuelve a atar a la vida, el miedo, la ambición y la locura de quienes la pensaron. Para quien educa, o para quien quiere educarse de mayor, aquí hay un modelo, el conocimiento no se entiende de verdad hasta que se lo vuelve a conectar con la experiencia humana de la que salió.
Conviene leerlo sabiendo qué clase de libro es. La frontera entre lo que ocurrió realmente y lo que Labatut añade es deliberadamente borrosa, y el autor no marca dónde acaba la documentación y dónde empieza la invención. Es un rasgo de estilo buscado, no un descuido, y crece a medida que avanza el libro, hasta los capítulos finales, donde la ficción gana peso. Quien quiera separar el hecho histórico de la recreación tendrá que contrastarlo por su cuenta.
El título viene de una imagen del último capítulo, la de los árboles que, cuando están enfermos y a punto de morir, dan una última floración desmesurada, un verdor excesivo y terrible que parece vida y es, en realidad, el aviso del final. Es una metáfora que cuesta quitarse de la cabeza. Quizá esta carrera nuestra por saberlo y controlarlo todo, por acelerarlo todo, tenga algo de aquel verdor. La pregunta que deja Labatut no es si debemos dejar de comprender el mundo, es si sabremos reconocer el momento en que nuestra propia brillantez se ha convertido en un síntoma.
Esta es la clase de lectura que comparto cada mes aquí, en «Lecturas», libros que ayudan a pensar y a decidir mejor. Y si quieres llevar esta mirada a tu trabajo o a tu organización, puedo ayudarte a implementarlo con charlas, formaciones y talleres.