En el siglo XIII, un mallorquín diseñó una máquina de pensar hecha de círculos de papel concéntricos. Ramon Llull escribió en ella letras que representaban conceptos, la bondad, la grandeza, la verdad, y, girando los círculos, generaba todas las combinaciones posibles. La llamó Ars, y le dedicó la vida. Quería algo desmesurado: demostrar las verdades de la fe con un procedimiento mecánico que cualquier persona razonable, fuese de la religión que fuese, tuviera que aceptar.

Conviene aclarar qué era realmente aquel artefacto, porque se ha convertido en una pieza de museo curiosa y nada más. El Ars no adivinaba nada. Era un sistema combinatorio, un conjunto de conceptos básicos y unas reglas para combinarlos sistemáticamente, de manera que ninguna combinación relevante quedara por explorar. Siglos después, Leibniz leyó a Llull y soñó lo mismo, un alfabeto del pensamiento humano y un cálculo que permitiese resolver cualquier disputa diciendo «calculemos». La lógica moderna y, al fin y al cabo, la informática, tienen aquí una de sus raíces.

El paralelismo con la inteligencia artificial de hoy es demasiado claro para dejarlo pasar. Un modelo de lenguaje hace, a una escala que Llull no habría imaginado, exactamente lo que hacía la rueda: recombinar piezas según reglas para producir combinaciones nuevas. Y aquí aparece la lección, que no es la que parece.

Llull creía que la combinación mecánica de conceptos llevaba a la verdad. En esto se equivocaba, y su error es precisamente el que deberíamos evitar hoy. Recombinar no es entender. Una máquina que genera todas las frases posibles sobre un tema no comprende ninguna, igual que la rueda de Llull no creía en nada de lo que imprimía. La combinación genera candidatos. El criterio para discernir cuáles valen no sale de la rueda. Lo tiene que poner alguien.

Hay un detalle de la rueda que la hace aún más actual. Llull la concibió para que funcionara igual para cualquier persona, con independencia de quién la hiciera girar. Esta neutralidad aparente es seductora, porque parece que saca el sesgo humano de la ecuación. Pero una máquina que combina según unas reglas que alguien ha elegido no es neutral, arrastra las decisiones de quien la diseñó. Con la inteligencia artificial pasa exactamente lo mismo, y su apariencia de objetividad es, precisamente, lo que nos hace bajar la guardia.

En la empresa, esto tiene una aplicación inmediata y dos caras. La cara útil sería cuando buena parte de la innovación es combinatoria, juntar dos ideas que nadie había juntado, y vale la pena forzar estas combinaciones en lugar de esperar a la inspiración. La otra cara sería cuando una herramienta te da cien combinaciones en un segundo, el cuello de botella ya no es generarlas, es tener el criterio para elegir una. Sin este criterio, la máquina solo te hace ir más de prisa hacia la decisión equivocada.

En el aprendizaje pasa algo parecido. Aprender no es acumular conceptos aislados, sino ser capaz de combinarlos, ver qué tiene que ver el estoicismo con la gestión de un equipo, o el Ars de Llull con un chip. Quien solo memoriza tiene las piezas, pero no la rueda.

El ejercicio de la semana. Elige dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos, uno de tu trabajo y uno de fuera (pongamos, «presupuesto» y «jardinería»). En una hoja, escríbelos y fuérzate a encontrar tres conexiones reales entre ambos, por extrañas que parezcan. No buscas la conexión buena a la primera. Buscas ejercitar el músculo de combinar, que es lo que ninguna máquina te puede ahorrar.

La rueda de Llull no ha desaparecido. La hemos construido, por fin, y gira más de prisa que nunca. La pregunta que él no se hizo, y que ahora nos toca a nosotros, es quién pone el criterio cuando la máquina ya lo combina todo. ¿Lo haces tú, o lo has delegado sin darte cuenta?

Sapere aude.