En el año 415 antes de Cristo, Atenas debate en la asamblea si envía una gran expedición a conquistar Sicilia, en la otra punta del mundo conocido. Hace años que dura la guerra del Peloponeso contra Esparta, y la idea es osada: enviar una flota enorme, lejos de casa, para someter a Siracusa. Alcibíades, joven y brillante, defiende la iniciativa con promesas de gloria y riqueza. Nicias, general veterano y prudente, sin embargo, se opone.

Entonces pasa algo que Tucídides, que lo explica en su «Historia de la guerra del Peloponeso», narra con una ironía casi cruel. Nicias, para disuadir a la asamblea, exagera los recursos que harían falta: tantas naves, tantos hombres, tanto dinero, para hacerles ver la locura de la empresa. Pero el efecto es el contrario. En lugar de asustarse, los atenienses se entusiasman aún más. Si hacen falta tantos, debe de valer la pena. La asamblea, arrastrada por el entusiasmo, vota enviar una flota más grande todavía que la que nadie había propuesto. El resultado será una de las catástrofes más completas de la antigüedad: la flota destruida, miles de muertos y los supervivientes esclavizados en las canteras de Siracusa. Es el principio del fin de Atenas.

El desastre no se decidió en Sicilia. Se decidió en la asamblea. Cuando la flota zarpó, la suerte ya estaba echada. Lo que hundió a Atenas fue la conversación que precedió a la expedición. Aquella conversación tiene todos los síntomas del exceso de confianza colectivo: el entusiasmo que se contagia, las advertencias que llegan pero en el tono equivocado, y los que dudan en silencio porque nadie quiere ser quien frena la aventura cuando todo el mundo está entusiasmado. La lección útil no es «no seas osado». Es entender cómo un grupo se autoconvence de una decisión que ya no es capaz de examinar, y qué mecanismo lo puede evitar. Uno de ellos tiene nombre moderno: el premortem. Consiste en imaginar, antes de decidir, que ya ha pasado un año y el proyecto ha fracasado, y preguntarse por qué. Nicias, en el fondo, intentaba algo parecido, pero desde la oposición. Por eso sonó a obstrucción y no a análisis, y la asamblea lo pudo descartar como el pesimista de turno.

En la empresa, la expedición a Sicilia se repite cada vez que una gran apuesta (una adquisición, la entrada en un mercado nuevo, un lanzamiento ambicioso) se decide en una ola de entusiasmo. Quien levanta la mano para señalar los riesgos pasa a ser visto como el freno, y en la reunión siguiente ya se calla. El remedio no es prohibir la audacia, sino institucionalizar la duda. Se convierte el premortem en un paso obligatorio, en un papel que alguien tiene asignado, de manera que cuestionar la decisión sea su trabajo y no una traición. Atenas no tenía ningún mecanismo para separar la ambición del análisis. En la vida personal, las expediciones a Sicilia son las decisiones trascendentes y difíciles de deshacer tomadas en el momento álgido de la ilusión: cambiar de vida de golpe, una compra importante, dejarlo todo por un proyecto. El entusiasmo, aquí, es un factor del que conviene desconfiar precisamente porque es agradable. Vale la pena preguntarse qué señalaría tu yo de aquí a un año, mirando hacia atrás desde el fracaso. Y consultarlo con la almohada. La noche suele rebajar el canto de sirena del entusiasmo justo lo necesario.

En el aprendizaje hay una ventaja que Atenas no tuvo: nosotros podemos estudiar su desastre sin pagarlo. La historia es una simulación barata. Aprender de la expedición a Sicilia significa que no hace falta repetirla para entenderla. El precio ya lo pagaron ellos. Hacer el postmortem de los errores de los demás, y de los propios, es la manera de ir acumulando criterio sin tener que perder una flota cada vez.

Conviene no idealizar la prudencia. El premortem no es parálisis, y el exceso de cautela mata tanto como el exceso de confianza. De hecho, la punta más amarga de la historia lo demuestra. Cuando la situación ya era desesperada y tocaba retirarse, un eclipse de luna asustó al supersticioso Nicias, que retrasó la retirada casi un mes siguiendo a los adivinos. Aquella cautela paralizada convirtió una derrota en una aniquilación. No es que dudar siempre salve. Es que decidir sin examinar y examinar sin decidir jamás son dos caras del mismo error. Lo que salva es la confianza calibrada.

El ejercicio de la semana. Elige una decisión que ahora mismo te entusiasme de verdad. En una hoja, escribe esta frase como si ya fuera verdad: «Ha pasado un año y esto ha salido mal». Debajo, apunta tres causas plausibles del fracaso, sin censurarlas y después hazte la pregunta que Atenas no se hizo: ¿quién, de tu alrededor, habría visto venir estas causas, y le has hecho callar, o se ha callado solo, porque todos estabais demasiado entusiasmados?

En la decisión que más te ilusiona ahora mismo, ¿quién es tu Nicias? ¿Lo estás escuchando o solo esperas a que se aparte?

Sapere aude.