Antes de llegar a las islas de las sirenas, Ulises ya sabe lo que le espera. La hechicera Circe le ha avisado. El canto de aquellas criaturas es tan tentador que ningún marinero se resiste a él, y quien lo oye gira el rumbo hacia los arrecifes y se estrella contra ellos. La solución obvia sería taparse las orejas y pasar de largo. Pero Ulises quiere algo más difícil. Quiere oír el canto y sobrevivir. Para conseguirlo hace algo que parece contradictorio: renuncia de antemano a su propia libertad.

La orden que da a la tripulación es precisa. Que se tapen las orejas con cera para no oír nada. A él, sin embargo, que lo aten bien fuerte al mástil del barco. Y, este es el punto decisivo, que si él les suplica que lo liberen, no le hagan caso, sino que lo aten aún más fuerte. Cuando llega el momento, Ulises oye el canto, enloquece, ordena e implora que lo desaten. La tripulación, sin embargo, sorda y fiel a la orden previa, aprieta los nudos. El barco pasa. Ulises ha oído aquello que nadie había oído sin morir, y vive para contarlo. Está en la Odisea, canto XII.

Es fácil leerlo como un elogio de la fuerza de voluntad, pero es exactamente lo contrario. Ulises no confía en su voluntad. Sabe a ciencia cierta que le fallará. Su “yo lúcido”, el de la cubierta antes del peligro, sabe que su yo de después, el sometido al canto en el oído, será otro hombre, incapaz de decidir bien. Por eso el “yo lúcido” toma una decisión sobre el “yo débil”: le quita, de antemano, la capacidad de elegir. Los filósofos lo llaman un “mecanismo de compromiso”. Jon Elster tituló todo un libro sobre la racionalidad con esta imagen: Ulises y las sirenas. Hablaba en él de la estrategia mediante la cual una persona o institución restringe voluntariamente sus opciones futuras para evitar tomar decisiones irracionales o caer en una futura tentación.

Reflexionemos sobre este concepto. Solemos pensar que ser libre es mantener siempre todas las puertas abiertas, no cerrarnos nunca ninguna opción. Ulises enseña lo contrario. A veces la decisión más libre es quitarte a ti mismo una opción futura, precisamente porque sabes que, llegado el momento, harías una mala elección. Decidir hoy, en frío, puede ser una regla que te proteja de ti mismo mañana, en caliente.

En la empresa, el mástil y la cera tienen mil formas. Una política de precios que te prohíbe bajar de un cierto umbral existe precisamente para no tener que decidirlo ante el cliente que te presiona. Un presupuesto cerrado, un plazo público, un criterio de contratación fijado antes de conocer al candidato deslumbrante pero equivocado, etc., son nudos que tu “yo sensato” o, como decíamos antes, tu “yo lúcido”, ata para que tu yo del momento no los pueda deshacer. El trabajo del equipo, a menudo, es hacer de tripulación sorda: recordarte la regla que tú mismo pusiste cuando lo veías claro.

En la vida personal el mecanismo es el mismo y, muchas veces, ya lo pones en práctica. No tener en casa aquello que sabes que te comerás si lo tienes a mano es más eficaz que resistirte a ello cada noche. La transferencia automática a la cuenta de ahorro el día de la nómina ahorra por ti antes de que puedas renunciar a ello. El despertador en la otra punta de la habitación, etc. No son trucos de disciplina. Son decisiones tomadas en frío para que no dependan de tu voluntad en caliente.

En el aprendizaje, la cera de la tripulación es tan importante como la cuerda. A menudo no hace falta luchar contra la distracción en el momento. Basta con eliminar la fuente de antemano: silenciar las notificaciones, dejar el teléfono en otra habitación, reservar la hora de estudio en la agenda como si fuera una reunión inaplazable. No confíes en que resistirás los cantos de las sirenas. Mejor no los escuches, o que cuando los oigas ya estés atado.

Conviene no idealizar el mástil. Atarse también tiene un peligro. Las circunstancias cambian, y el nudo que ayer te protegía, hoy puede ser una trampa. Hay decisiones que piden justo lo contrario, mantenerse flexible y poder rectificar. La sabiduría no es atarse a todo, sino saber distinguir. Átate allí donde sabes que tu “yo futuro” será previsiblemente más débil que tú. Déjate las manos libres allí donde lo que hará falta es adaptarse. Confundir las dos cosas, atarse al mástil equivocado y apretar los nudos mientras se hunde el barco, es el error contrario, y no menos caro.

El ejercicio de la semana. Piensa en una decisión recurrente en la que tu “yo tranquilo” y tu “yo alterado” no se ponen de acuerdo. La que siempre rompes cuando llega el momento. Escribe en una hoja la regla que tu “yo tranquilo” quiere que se cumpla, en una sola línea. Debajo, diseña el mástil y la cera: no la buena intención, sino el mecanismo concreto que hará que la regla se cumpla sola, sin depender de tu voluntad en caliente. ¿Quién hará de tripulación sorda? ¿Qué fuente podrías eliminar directamente? La regla sin mecanismo es solo un deseo.

¿Cuál es la sirena que ya sabes que te cantará esta semana, y qué mástil puedes preparar hoy, mientras aún lo ves claro?

Sapere aude.