En un cuadro del museo de Bruselas, “Paisaje con la caída de Ícaro”, lo más importante ocurre en un rincón donde nadie mira. Un labrador trabaja la tierra, un pastor mira al cielo (hacia el lado equivocado), un pescador vigila el sedal y un barco navega tranquilo. Allá abajo, sin embargo, a la derecha del todo, dos piernas blancas desaparecen dentro del agua. Es Ícaro, que acaba de caer del cielo, y todo el mundo está ocupado en otra cosa. El cuadro se atribuye a Pieter Bruegel el Viejo. No es un cuadro cualquiera. El pintor se inspiró en el relato de Dédalo e Ícaro de “Las metamorfosis” de Ovidio e inspiró a su vez un poema de W. H. Auden, el poeta y ensayista británico de la primera mitad del siglo XX.
La indiferencia de los personajes del cuadro podría hacernos pensar que el mundo no es compasivo y que no presta atención a las desgracias ajenas. En el relato de Ovidio, el labrador, el pastor y el pescador sí levantan la cabeza. Ven a los dos hombres volando y se quedan boquiabiertos, convencidos de que son dioses. Bruegel, en cambio, hace que no miren. El pintor parece darnos una lección sobre el concepto de la atención.
Porque la atención no es una ventana pasiva que deja entrar el mundo. Es una decisión, casi siempre inconsciente, sobre qué va al primer plano y qué queda fuera del encuadre. No lo vemos todo y luego elegimos. Solo vemos aquello que hemos decidido mirar. Lo que queda fuera del marco, por importante que sea, es como si no hubiera pasado. Al Ícaro del cuadro no le falta drama. Le falta un espectador.
Esto nunca había sido tan literal como ahora, cuando toda una industria diseña dónde va a parar tu atención. El “feed” es el labrador. Te mantiene ocupado con el surco que tienes delante para que no levantes la cabeza. Elegir qué mirar ha dejado de ser automático y se ha convertido en el primer acto de pensar. Antes de decidir bien, hay que ver bien, y para ver bien, hay que decidir dónde miras.
En las organizaciones, cada equipo tiene su conjunto de objetivos, y cada conjunto es un encuadre. Pone unas prioridades en primer plano y empuja el resto hacia los márgenes. La facturación, la conversión, el objetivo del trimestre, etc. son el labrador cavando su surco. Mientras tanto, alguna señal que debería atenderse pasa desapercibida: el cliente que ha dejado de quejarse porque ya se ha ido a la competencia, la mejor persona del equipo que se ha quedado callada, el pequeño defecto recurrente que nadie anota. No está escondido. Está desatendido. La pregunta útil en una reunión no es “¿cómo van los números?”, sino “¿qué Ícaro está cayendo en un rincón mientras todos miramos el arado?”.
En la vida personal, lo mismo, y cuesta más. Tu atención es finita y alguien saca provecho de gastarla por ti. Lo importante pero no urgente, la salud, una relación que dejas enfriar, una decisión que aplazas, rara vez reclama tu atención. Se hunde en el agua sin salpicaduras mientras haces “scroll” por el surco de delante. No desaparece porque deje de importar. Desaparece porque dejas de mirarlo.
En el aprendizaje hay una expresión entre los educadores de museo: «slow looking», mirar despacio. La premisa es que no ves aquello que no has aprendido a buscar. Un ojo entrenado encuentra en el mismo cuadro una docena de cosas que el ojo distraído pasa por alto. No porque no estuvieran, sino porque mirar es una destreza, no un reflejo. Aprender, al fin y al cabo, es ampliar aquello que eres capaz de advertir. Quien solo acumula datos tiene más surcos. Quien aprende a mirar tiene un marco más amplio.
Conviene no idealizar. No se puede atender a todo. La atención selectiva no es un defecto, es una condición. El labrador que se parara a mirar cada Ícaro que cae no araría nunca. La destreza no es verlo todo, sino elegir bien qué pones en primer plano y, de vez en cuando, obligarte a mirar los márgenes. Distinguir la señal relevante del ruido del rincón es, una vez más, un acto de criterio.
El ejercicio de la semana. Coge diez minutos y una imagen del cuadro que hemos comentado. Míralo sin hacer nada más: sin teléfono, sin música. Primero encuentra todo lo que no es Ícaro: el arado, las ovejas, el barco, la ciudad del fondo. Después, en una hoja de papel, responde a mano dos preguntas. En la decisión o la situación que tienes abierta ahora mismo, ¿cuál es el arado que no dejas de mirar? ¿Y cuál es el Ícaro que cae en un rincón y que has decidido, sin decidirlo, no mirar? La lentitud no es un inconveniente del ejercicio. Es el ejercicio.
Sapere aude.